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El Nombre de Dios Declara Su Justicia

“La visión que el profeta Isaías tuvo en el Templo de Jerusalén dejó en claro que él sería un predicador del arrepentimiento.” by Capitán Alan J. González

Dios es absolutamente santo y justo. Eso hace una diferencia fundamental entre Él y los seres humanos—de hecho, es lo que en definitiva nos separa. La Biblia dice: “Desde el cielo el Señor contempla a los mortales, para ver si hay alguien que sea sensato y busque a Dios. Pero todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo” (Salmo 14:2-3)!

Las declaraciones siguientes nos dan una idea de a qué se asemeja la justicia de Dios, en lenguaje bíblico:

  • Él es Dios de “verdad” que se opone al engaño (“¡La Roca! Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es él”, Deuteronomio 32:4)
  • Él es Dios “fiel” que cumple su palabra (“Las obras de sus manos son verdad y justicia, fieles todos sus preceptos”, Salmo 111:7) 
  • También es “justo” y da a cada uno conforme a lo que merece (“Justo eres tú, Señor, y rectos tus juicios”, Salmo 119:137)
  • Él es “compasivo” y tiene misericordia de los que le buscan (“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación”, 2 Corintios 1:3)
  • Él es “bondadoso” (“¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has obrado para los que en ti se refugian, delante de los hijos de los hombres!”, Salmo 31:19).

Dios también es incorruptible, y obra conforme a Su voluntad. La Confesión de Westminster, preparada en 1846, por solicitud del Parlamento Inglés, declara que Dios es “absolutamente libre, soberano, que obra todas las cosas según el puro efecto de su voluntad inmutable y justa.”

Santificar no es solamente reconocer en forma verbal el carácter santo del nombre de Dios; santificamos el nombre de Dios cuando la reverencia va seguida de una vida santa, conforme a su voluntad. Puede ocurrir (y ocurre) que haya personas profundamente religiosas, que toman muy en serio sus creencias y cuya adoración, sin embargo, no es agradable a Dios. 

El profeta Isaías vivió en un tiempo de decadencia espiritual considerable en Israel. Un tema significativo del libro que lleva el nombre de Isaías es un llamado reiterado al pueblo para que vuelva a Dios. La visión que el profeta tuvo en el Templo de Jerusalén dejó en claro que él sería un predicador del arrepentimiento. Isaías vio al Señor exaltado sentado en un trono y flanqueado por seres celestiales alados llamados serafines. La palabra serafín significa “quemar a uno”, lo que sugiere la apariencia brillante de estos seres, sin embargo, ocultaron sus caras del mayor resplandor de la presencia de Dios. Los serafines se decían unos a otros, “Santo, santo, santo, es el Señor Todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6: 3).

Isaías estaba virtualmente aterrorizado ante esta revelación. Repentinamente se percató del abismo que separa a la persona humana, cuya naturaleza fue contaminada por el pecado, de la divina, y se sintió extremadamente impuro e indigno de contemplar aquella gloria, y exclama. “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos” (Isaías 6:5) Pero entonces Dios, el mismo Dios que acababa de exponer su gloria, reveló su misericordia. Uno de los serafines tocó los labios de Isaías con un carbón ardiente del altar y dijo: “Mira, esto ha tocado tus labios; tu culpa es quitada y tu pecado expiado.” (Isaías 6: 7). Luego, inmediatamente, Dios llamó a Isaías al ministerio; e Isaías respondió sin dudar: “Heme aquí. ¡Envíame a mí!” (Isaías 6:8)

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